INTELIGENCIA AUTORIZADA


Vi en vivo y en directo al Papa San Juan Pablo II en el año 2003, en una placita trasera del Palacio de Castelgandolfo. A pesar de ser yo por aquel entonces un recién llegado a la fe (diez años llevaba en el Camino) buscaba sobre todo en aquel breve acto una confirmación de mi pastor a mis creencias; y la tuve; bastaron unas pocas palabras suyas para que mi corazón descansara; no recuerdo cuáles fueron, pero sí recuerdo el bien que me hicieron. 
¡Cómo me hubiera gustado poder contar aquí mis buenas impresiones sobre el Papa León XIV! Pero no puedo. Verdaderamente, me apena en lo más hondo, pues no gozo anunciando desgracias, ni me alegro con la injusticia. Yo escucho la voz del Buen Pastor, que me conoce, y la sigo; pero no puedo seguir a aquel en quien no reconozco la voz de mi Señor. 
La primera misa del Papa, ante el Colegio Cardenalicio, viene a confirmar lo que estaba cantado, que su elección fue manipulada, y gobernada por la Agenda; y el brazo armado de ésta, la Prensa, nos sirve de argumento para esa afirmación. 
He aprendido, sentado en el banquillo de los acusados, que los mentirosos (y la Prensa los empodera a todos) empiezan siempre sus discursos con una mentira, por lo que, aunque no sea el caso, el entusiasmo de la Prensa con el Papa nos invita a ser cautos. Al cubrir la noticia de su primera misa han escrito que el papa busca la unidad en la Iglesia; de donde se sigue que lo que favorece los intereses de la Agenda (de los magnates) es la fragmentación de la Iglesia. Lógico. Porque en ella está la verdad moral que les pone freno.


La homilía de la misa -dicen ellos- anticipa las líneas maestras del pontificado; y dicho sermón comienza así: "Estoy lleno de gratitud". Es una declaración que parece lógica y sincera, y, sin embargo, tal vez no lo sea tanto. En primer lugar, porque no es la gratitud el sentimiento que embargaría a un humilde trabajador de la viña del Señor cuando ésta tiene su cerca derribada, es presa del saqueo, y hozan y se la comen jabalíes y alimañas. Pero, claro, si lo que se busca con esas palabras es despejar dudas sobre la limpieza del proceso de elección, nada mejor que decir "Queridos cardenales, os estoy muy agradecido por haberme elegido". Por otro lado, su corazón no parecía esponjado cuando salió al balcón temblando y acosado por los tics; y más que de gratitud, parecía estar lleno de inquietud.
En su segunda afirmación, cita el papa a San Agustín como explicación de por qué está lleno de gratitud, pero no se encuentra la relación entre ese sentimiento y la cita en cuestión. Lo que sí tendría sentido es que quisiera asociar su imagen a la del doctor de Hipona, Padre de la Iglesia, para fijar como un rasgo de su papado la continuidad, o la ortodoxia doctrinal, tan amenazada últimamente.
Tercera afirmación dudosa: 'Teníamos el corazón lleno de tristeza por la muerte del Papa Francisco', lo cual no deja de ser un tópico, y poco ajustado a la situación de los católicos al morir su predecesor; porque, aunque sea un hecho doloroso, más bien teníamos, en vida de aquél, graves preocupaciones por el futuro, siendo una de ellas su acción pastoral. Tampoco es cierto que quedáramos de pronto como ovejas sin pastor, puesto que llevábamos en esa situación 66 días, mientras los lobos de la Agenda babeaban en torno nuestro, asustándonos con guerras e impuestos, serias amenazas de quedar a merced de su insaciable codicia.  
A continuación, el papá León XIV presenta su pontificado como fruto del Espíritu Santo, versionando en clave bíblica los acontecimientos en torno a su elección: "(El rebaño) de la Iglesia se había quedado sin pastor, y, entonces, gracias a Dios, que no olvida nunca a su rebaño, obtuvo uno nuevo"... que resultó ser la persona misma de Su Santidad.
Si bien la homilía combinó inglés, italiano y español, el párrafo que sigue al mencionado anteriormente fue pronunciado por el papa en nuestra lengua: 'Fui elegido sin ningún mérito y, con temor y temblor, vengo a ustedes como un hermano que desea hacerse siervo de la fe y de la alegría'. La expresión 'con temor y temblor', según los expertos en Biblia, es una expresión estereotipada, usada en algún salmo y en varias cartas de San Pablo como expresión de reverencia a lo sagrado; y en el contexto de la primera alocución pública del Papa tras su saludo formal desde el balcón, resuena como una explicación de los tics que mostró en aquella ocasión, por ser la de presentarse ante el Cuerpo Místico de Cristo. Pero tal mensaje, habiendo sido tan llamativa su conmoción en aquel acto, no deja de resultar forzado, en cuyo caso aplica lo de Excusatio non petita, accusatio manifesta. Creo que es legítimo examinar cada palabra de este discurso, con la misma atención que seguramente se usó para construirlo. En este sentido, la importante duda que acabo de exponer viene precedida de una frase que también tiene miga: "Fui elegido sin mérito". La objeción aquí es: ¿Por qué aclarar lo obvio? El enunciado en cuestión podría entenderse como modestia en según qué persona sobresaliente, pero choca oírlo en quien dio la sorpresa al mundo por ser un desconocido. Esas palabras introductorias, sin embargo, producen en el que las oye un "efecto halo", confiriendo a todo el discurso el marchamo de excelencia. El uso de esa 'llave' despejaría cualquier sospecha interpretativa, pues situaría al oyente ante "palabras de alguien cuya valía, honradez y sinceridad no se pueden dudar..." Y de dudas precisamente estábamos hablando. 
Dos detalles más entran en el examen: el primero es la traducción vaticana del párrafo que comentamos, el cual, pronunciado originalmente en un español diáfano, es sin embargo oscurecido en la versión oficial, cambiando inopinadamente temblor por trepidación. Y el segundo es la confusión en el tiempo verbal relativo a la elección; mientras que la traducción fija la forma del pretérito perfecto simple, las menciones habituales en prensa usan el pretérito perfecto compuesto. La diferencia gramatical es que el tiempo simple sitúa la elección como un hecho puntual pasado y clausurado -lo del cónclave se ha quedado en el cónclave- mientras que el tiempo compuesto indica que el acontecimiento, y su significado, perdura; este detalle pudiera ser o no significativo, aunque en todo caso es digno de ser mencionado.
Es verdad que el primer sermón del Papa contiene la clave de lo que va a ser su mandato, pero no es la que dicen los medios; más bien, a juzgar por lo que ya hemos visto, la misión del Pontífice consistirá en ir poniendo palos en la edificación de la nueva iglesia según soplen los vientos. No hubo en sus primeras palabras desde la Cátedra de Moisés un anuncio del kerigma al mundo entero, ni confirmó al rebaño en su Credo; el nuevo Papa se esforzó en apuntalar su credibilidad puesta en entredicho, porque eso era lo que figuraba en el libreto. *[El primer año del Papa ha estado marcado por su ausencia, por ser un rumor lejano; hasta ahora, que va a venir a España]
La Agenda cuenta con que somos flacos de memoria, y calcula que la basura informativa que nos arrojan a diario nos debilitará aún más; y, de esa manera, y  sin sonrojo alguno, nos meten en el menú sapos gordos esperando que nos los traguemos.
A lo largo del sermón de la primera misa se designa el Papa a sí mismo como "un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana", lo cual suena en los oídos de la gente corriente como "han elegido a un papa para que cuide de lo suyo", léase aquí el lujo y la exclusividad que tantos le achacan a la Iglesia. ¿Estamos ante la misma imprudencia que acompañó al Papa Francisco desde el primer momento? Lo propio nuestro, lo que a nosotros los cristianos se nos ha confiado, es la misión de preservar viva y eficaz la Palabra de la verdad que ha de salvar al mundo, pero el poco acierto en explicarlo que ha tenido el Papa incide en la mala imagen que tenemos, y es lamentable.
Dijo también: "Amor y unidad son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro"; pero, más que una afirmación teológica, cuando menos vaga, parece que en esta exhortación el Papa da un aviso a navegantes. Porque, por lo que yo alcanzo a comprender, la misión de Pedro no es tanto lograr la unidad de las ovejas como apacentarlas haciéndose él imagen del verdadero pastor. Porque sólo siendo otro Cristo, que da la vida por sus ovejas, conseguirá el pastor vicario que se mantengan unidas; sólo siendo transparencia del Buen Pastor, las ovejas escucharán su voz y estarán a salvo, y encontrarán pastos, y atraerán a otras al rebaño. Intenta el Papa argumentar su afirmación con la Palabra, y dice: “Nos lo narra ese pasaje del Evangelio que nos conduce al lago de Tiberíades, el mismo donde Jesús había comenzado la misión recibida del Padre: «pescar» a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte. Pasando por la orilla de ese lago, había llamado a Pedro y a los primeros discípulos a ser como Él «pescadores de hombres»; y ahora, después de la resurrección, les corresponde precisamente a ellos llevar adelante esta misión: no dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza del Evangelio en las aguas del mundo; navegar en el mar de la vida para que todos puedan reunirse en el abrazo de Dios.”
Pero, ¿qué es lo que nos narra, y cuál es el pasaje que nos conduce al lago de Tiberíades? El Papa no lo aclara. En todo caso, por un lado, es dudosa la interpretación teológica de que la misión encomendada a Jesús por el Padre fuera "pescar" a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte, porque eso trastoca el sentido de la Historia de la Salvación: no salvó Dios a la humanidad por la 'actividad pesquera' de su Hijo, sino por su obediencia al Padre; más bien Jesús se dejó pescar por la muerte para matarla; y es crucial entender esto bien, porque no se trata de que nosotros inventemos artilugios de pesca, sino de que hagamos la voluntad del Padre, estando atentos a la voz del Hijo que nos habla en nuestra conciencia. Además, el resto de lo que dice el párrafo es muy vago: 'No dejar de lanzar la red para sumergir la esperanza'; 'navegar en el mar de la vida para que todos vayan a Dios'. ¿Qué es lanzar la red, o navegar en la vida?, ¿no debería un Papa decir claramente que la misión encomendada a Pedro es la realización del mandato de 'amar a los hermanos como Él nos ha amado'? Llevar a otros a Dios es caminar tras Él; amar como Él nos ha amado es vivir la vida llevando la cruz de cada día. Es cierto que a continuación dice que el ministerio de Pedro arranca de haber experimentado el amor extremo de Dios, y asume para sí mismo un ejercicio de caridad, una autoridad que es caridad de Cristo. Pero no menciona la Cruz, que es la clave. La alusión a la misión de Pedro como caridad parece más bien estar al servicio de introducir en el discurso sobre su pontificado una corrección al defecto de su predecesor de haber ejercido su autoridad por encima del rebaño. 
Al respecto, y haciendo un paréntesis, escuché este fin de semana dos cosas en la misa que vienen aquí a cuento, una buena y otra mala. La buena: "Si Dios nos pide que amemos así es porque está a nuestro alcance, si no, no nos lo pediría, porque Dios es bueno"; lo cual es un razonamiento muy acertado y oportuno, porque esa nueva iglesia que están intentando hacer algunos trata a Dios por mentiroso, al considerar imposible el poder vivir así, amando como Él nos amó. Y la cosa mala que escuché fue una plegaria eucarística distinta a las dos que han venido rezándose en los últimos sesenta años, y que me chirrió en los oídos: "Sálvanos, Salvador del mundo, que nos has liberado por tu cruz y resurrección". Porque si decimos 'Anunciamos tu muerte y proclamamos tu Resurrección, ¡ven, Señor Jesús!', o 'Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas", nos estamos dirigiendo a la Eucaristía, que es Dios vivo y presente en el Altar, con el tratamiento de "Señor", dejando claro que reconocemos en ese trozo de pan a Jesucristo vivo, Dios y hombre verdadero, que dio su vida por nosotros en la Cruz; y al saludarle de esa manera enunciamos el centro del misterio de nuestra fe: Un Dios con nosotros, que 'ha de volver como le hemos visto marcharse' -aunque ya glorioso- para juzgar al mundo. Me fricciona la tercera fórmula de plegaria eucarística porque difumina estos rasgos centrales de nuestra fe, lo cual, en estos momentos, me parece muy peligroso; en vez de reforzar la confesión de la presencia del Señor en el pan y el vino, la debilita. 
El Papa puso de manifiesto la fragilidad de su discurso desde el comienzo, y tras haber apelado al mandato del amor de Dios, dio un giro inesperado y adoptó el lenguaje del mundo estableciendo que su objetivo principal era lograr la unidad de una iglesia dividida. El papa vuelve a expresar un concepto erróneo e imprudente, porque no hay una iglesia dividida. Nosotros, los católicos, creemos que hay una sola Iglesia: La que sigue a Jesús con su Cruz, la cual, como siempre, está siendo cuestionada y atacada. Pero el Papa adolece de la misma confusión, la misma ambigüedad, que su predecesor. Dice que quiere unidad pero no dice claramente que sólo Jesucristo vivo tiene el poder de hacerla real en el mundo; no dice ni una palabra sobre el Resucitado, al que relega a un segundo plano, a una especie de símbolo; y, por supuesto, no le asigna el papel de ser "el Único capaz de dar vida al mundo". Encierra el misterio cristiano en ‘un libro antiguo', y por su cuenta dice: 'Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos en nuestro pequeño grupo ni sentirnos superiores al mundo; estamos llamados a ofrecer el amor de Dios a todos, para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno y la cultura social y religiosa de cada pueblo'. En definitiva, que esa pretendida unidad de la Iglesia y del mundo la podemos y la tenemos que hacer nosotros; lo cual equivale a obviar lo más importante de la novedad cristiana, esto es, que sin Jesucristo “no podemos hacer nada". Ahora volverá a ser necesario que, como con el papa Francisco, alguien aclare lo que ‘en verdad, quiso decir León XIV'. 
Cae asimismo en contradicción el Papa al hacer suyo el Juntos de Francisco, que es trasunto del tajante 'que a nadie se le ocurra salirse de la fila'; y por si hubiera duda de que la ortodoxia del discurso es impostada, recae también en apelar a una Iglesia en salida, que en realidad es una Iglesia ensalada, donde cabe todo el mundo, independientemente de que asuma las verdades de fe o no. Ensalada que nos deja el regusto amargo, ya demasiado familiar, de esa hierba extraña de unidad que parece venirnos de serie, en el pack de la buena voluntad y la no-exigencia de esfuerzo alguno de nuestra parte; o sea, en la nueva religión sin cruz (la moneda de dos caras, en la que una sonríe y la otra, la de la redención, está borrosa). Extraña unidad la que reclama el Papa, que no tiene su origen en el arrepentimiento, ni en el amor a Aquél que cumplió por nosotros la condena que merecían nuestros pecados, dejándose clavar en una cruz. 
Y al no partir el Papa para la edificación de su iglesia del reconocimiento de nuestra condición de pecadores, que es el cimiento, deja ver su contradicción radical, pues nadie puede construir poniendo otra piedra distinta a la que ya ha sido puesta para siempre, a la piedra angular mediante la cual todo el edificio queda ensamblado. Es obvio, pues, que las 'piedras vivas' de las que habla, no serán más que piedras mal puestas, y que al menor temblor rodarán por los suelos. 
Habrá que estar pues atentos, porque por mucha luz y fuerza del Espíritu Santo que se diga emplear, son siempre los frutos, y no la propaganda, los que manifiestan cómo es el árbol.
A este respecto convendría recordarle a Su Santidad el consejo que Von Balthasar le dio a Benedicto XVI: “No dé por supuesta la Santísima Trinidad: ¡anúnciela!". ¡Y vaya que siguió Benedicto ese consejo en su papado! En una memorable intervención suya, en 2019, el Papa Emérito Benedicto XVI escribió: “Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis Splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición. Y fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución, ya que Böckle murió apenas dos años antes de la publicación de la encíclica, la cual, efectivamente, incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho de que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor, que están por encima incluso de la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana; el hecho de que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle, y muchos otros, demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) sólo en materias concernientes a la fe, y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.” (fin de la cita)
Al hablar de un modo tan general como el que hemos visto, sin aterrizar y sin mojarse, el Papa León XIV está implícitamente aceptando ese silencio impuesto a la Iglesia en este tiempo crucial en el que el límite entre la verdad y la mentira está en juego. 
Que otros fíen su fuerza a las palabras, que nosotros, la Iglesia católica que camina con su cruz en pos de Cristo, seguiremos atentos a Su voz que nos conduce hacia fuentes de aguas tranquilas… y aunque caminemos por cañadas oscuras, no temeremos…



















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