CEFERINO Y LUCIFER

Cuando les interesa, nos ponen algo interesante en la tele

Ceferino y yo nos conocimos en la catequesis de primera Comunión, cuando seis o siete chiquillos, de ídem número de años, nos reuníamos una vez a la semana en un altillo oscuro de la iglesia parroquial de Santa María Magdalena (s. XVI), en Barros, para aprender las bases de la fe católica con el catecismo del Padre Astete. La luz entraba a duras penas por un ventanuco, y, a mitad de la sesión, uno de nosotros tenía el privilegio de levantarse a tirar de la soga que hacía sonar las campanadas; y, aunque una hora a la semana era poco trato, aquellas condiciones establecían gran compañerismo en el grupo de neófitos.
Recuerdo que mi tío organizó una marcha por el campo para conocer la explotación agropecuaria del padre de Ceferino, que era rico, y que ya en aquel entonces, a finales de los sesenta, tenía cientos de reses estabuladas y con sistemas modernos de crianza. Allí, con seis años, vi por primera, y única vez en mi vida, el asombroso espectáculo del apareamiento de dos reses vacunas. De camino a la granja, por frondosas veredas, valles floridos y altozanos venteados, iba mi tío cantando "Nadie en el Tercio sabía...", y, como pajarillos a su alrededor, le seguíamos los niños, contentos como castañuelas al compás de tan marcial himno. 
Ceferino era todo un personaje. Campechano pero de viva inteligencia, caminar con él era descubrir que tenemos orejas y ojos para algo más que dar cerumen y legañas, y que usando bien las unas y los otros podemos conseguir comida en cualquier parte, porque, a decir suyo, todo lo que vuela le vale a la cazuela. Por ejemplo, íbamos charlando tranquilamente y, de repente, él dejaba de hablar y se quedaba inmóvil, con todos los sentidos alerta, orientándose, y en unos instantes nos informaba de que en tal o cual distante rama descansaba y cantaba un pinzón; y, en otras ocasiones, nos ponía a distinguir el repiqueteo de un picapinos que buscaba larvas en el tronco de una haya, u otros secretos que él conocía.
Hace unos días supe que Ceferino había muerto intentando apagar un fuego... El relato de lo sucedido me llegó por Horacio, compañero también de la catequesis, más listo que el hambre y todo un paisano, como, elogiosamente, decimos en Asturias (en español, un caballero). Parece ser que en las últimas quemas (intencionadas, según las fiables fuentes de Horacio) cuando ya la cosa se había puesto muy fea y estaba muy comprometido el Parque Natural del Narcea, en Degaña, la gente se apuntaba espontáneamente para luchar contra las llamas; y Ceferino se había hecho cargo de una de las cuadrillas.
Dada su veteranía, las autoridades le asignaron la misión de atalaya. Desde distintos emplazamientos 'estratégicos', Ceferino tenía que avistar zonas del bosque e informar, con arreglo a unos parámetros, del nivel de riesgo para cada una de ellas. En general, los informes de Ceferino resultaron ser de escasa ayuda, notificando durante varios días fenómenos muy similares, evoluciones predecibles de pequeñas zonas boscosas. Aunque experto en la observación de la naturaleza, la ubicación de sus puestos de vigilancia le ponía invariablemente ante fenómenos locales, que, si bien progresaban siempre a mayor intensidad, eran fáciles de sofocar, y tenían escaso valor predictivo en la evolución global de los focos principales.
Bajando la voz, Horacio me contó que Ceferino le había escrito un mensaje a su esposa antes de morir, diciéndole que tenía la impresión de que le estaban haciendo perder el tiempo, de que le ponían en 'sitios manipulados', donde las variables que determinaban la ignición estaban bajo control, y todo ello con la intención de apartar su atención de los escenarios verdaderamente importantes. Se dio cuenta de esto, le había escrito a su esposa, cuando se decidió a saltarse las instrucciones del mando y decidió 'mirar en otros sitios'... 
Las últimas observaciones de Ceferino incluían, según el expediente, 'incoherencias debidas a una pérdida de consciencia inducida por el calor actuando sobre su enfermedad neurológica de base, latente ésta -y, por tanto, desconocida para el paciente- hasta ser activada por el estrés del fuego, la cual, desorientándole, le abocó a la muerte'. 
El contenido del último informe de nuestro amigo llegó a ser conocido gracias a las fotografías tomadas furtivamente por un alférez que participó en la instrucción del expediente, quien había tratado personalmente con el finado... En dicho texto se incluía este párrafo:
"... y veo también, más allá de las turbulencias que ante mis ojos se levantan, un paisaje de vastos bosques calcinados; extensiones inmensas de hayedos y robledales reducidas a cenizas humeantes; una devastación indescriptible, un auténtico apocalipsis..."
Puesto que la Prensa miente sistemáticamente, y está al servicio del gobierno totalitario que nos intenta reducir a números, no se me pasa por la cabeza comentar en este blog nada acerca de los incendios españoles que copan en exclusiva las portadas en verano, de los cuales sólo sé lo que cuenta esa prensa embustera. De ese tema traigo a colación solamente lo que le he oído a una persona digna de crédito. Y por eso puedo asegurar que la visión que nos legó Ceferino antes de morir es la verdadera, y describe a la perfección la realidad actual de España. 
Ahora que los esbirros de la Agenda se afanan en hacer la transición de ‘la nada’ que dejó Sánchez a la ‘menos que nada’ que va a dejar Núñez, tratando por encima de todo de que España no se entere de que ya no existe, nos conviene mirar al paisaje nacional calcinado como si en realidad estuviéramos viendo al paisanaje patrio vencido; porque ésa, y no otra, es la verdadera ruina de España.
Los 'incendios' provocados que finalmente nos han convertido en ruinas han venido sucediendo paulatinamente. La política que nos invadió cuando nos integraron en Europa ha ido debilitando nuestras raíces hasta matarlas; y lo han hecho con la ingeniería del dinero, o, en otras palabras, implantando una concepción de la vida que excluye lo trascendente, lo espiritual. Porque es un hecho innegable que si se aparta a Dios (y con Él, el valor sagrado de la vida) de su puesto supremo en la organización cívico-moral, se aparta a la verdad de la vida de los ciudadanos, y en su lugar se instala el caos; la vida y su constante renovación dejan paso a la esterilidad de la muerte; muere la creatividad y todo el bien que trae consigo; porque el afán de dinero, en vez de crear riqueza, mata. Así tenemos que, en la cúspide social, en vez de la verdad, única y consensuada, hay ahora sentado un señor feudal; y donde antes había ciudadanos, ahora sólo hay vasallos. 
De resultas de ese cambio, las leyes pasan a ser papel mojado, y la sociedad pasa a estar muerta. Desaparece el bien común y cada cual trabaja para sí, aunque al servicio de un amo. La función pública es también pura ficción desde el momento en que prevalecen los intereses del amo: puestos en el dilema de ser fieles a las leyes o al amo, los funcionarios saben que si se enfrentan a su jefe quedan sin trabajo, como mínimo, y esto a lo largo de todo el escalafón.
El ciudadano actual sufre una indefensión absoluta, no puede nada contra el abuso del Estado; y como muestra un botón. 
En una ocasión escribí el relato de un sueño alegórico y lo subí a este blog; se titulaba "El juego del Camarón". Tiempo después fui a buscarlo y descubrí que no estaba; que alguien lo había suprimido. Como se trataba de una explicación harto luminosa de la envolvente de acoso de que fui y sigo siendo objeto, doy por hecho que las autoridades sistémicas lo han censurado. Esta moderna persecución estrangula a los veraces usando la estructura piramidal de las comunicaciones -en la base estamos los ciudadanos, y en la cúpula los magnates que ambicionan ser dioses. 
[El único espacio en el que uno puede salvarse de ese control (básicamente digital, aunque no solo) es el de la libertad de los hijos de Dios-Padre. Es éste un reducto duro, pero cualquier otro intento de combatir -lo cual implica poner la confianza en armas humanas, aunque en ocasiones pueda llegar a ser necesario empuñar éstas- está condenado al fracaso. La desproporción de fuerzas en nuestra lucha es abismal; pero "nosotros no tememos aunque tiemble la Tierra..."; y "vencemos siempre por Aquél que nos amó...". Y he aquí, paradojas de la vida, que es por esta sencilla verdad que sólo la fe alcanza, que el enemigo público número uno de la Agenda 2030, la que la está frenando, es la Iglesia pobre y humilde...] 
Aquel sueño que tuve era la más asombrosa explicación posible del flagelo que llevaba años azotando a mi familia. Empezaba con el recuerdo de un pecado mío de juventud, simbolizado en 'la fechoría' de haber roto yo un recipiente con algo de líquido... Y de ese marco general pasaba mi sueño a un escenario concreto: mi pueblo natal. 
En la acera de mi casa, a la izquierda y arrimado a la pared, descubrí en cierto momento un inodoro, y, extrañado, me acerqué a él. Tenía por tapa una loseta de mármol que, con sólo tocarla (el dedo de Dios), se partió, dejando al descubierto lo que escondía en su interior. Bullía el agua en la parte inferior, y entre los borbotones pude distinguir el cuello de una botella de cristal (alusión a mi 'imperdonable falta'); al inclinarme para ver aquel prodigio, la botella salió disparada, asustándome; y yo, sin poder dar crédito, permanecí observando. El agua del fondo no paraba de agitarse y, de pronto, otra botella asomó entre la espuma y saltó como un proyectil... y después otra, y otra, y otra... y tanto me angustió aquel ataque, que salí corriendo a buscar refugio en mi madre... 
Un wáter fuera de lugar, en un espacio semi-común, es una vergüenza, y más si lo tapas con una lápida. Hace cinco años estaba mi familia contra las cuerdas, y yo rezaba constantemente para obtener defensa; entonces Dios me reveló que aquel armario desubicado en el hall del apartamento era en realidad 'una lápida' para tapar 'un muerto': el del colapso estructural del forjado de obra, sellado con una zapata de hormigón, y disimulado como base de un armario. 
La mancha de mi pasado -'romper un vidrio'- era una nimiedad, pero en el contexto de castigar 'a un hijo de Dios' por sacar a la luz 'a un muerto' adquiriría un inusitado protagonismo. 
Las botellas disparadas sin cesar salen corchadas pero vacías, lo que viene a significar que contienen algo. Puesto que salen de las cloacas, el contenido invisible sólo puede ser 'gas tóxico'. Con esta imagen onírica se describe perfectamente el mecanismo de la calumnia, con la cual llevan años intentando acabar conmigo y con mi familia. Mis siniestros perseguidores cogen una parte de mi vida (cualquier imperfección susceptible de ser manipulada), la deforman, y la avientan con sus potentes medios de propaganda; y es tal la violencia con que sale disparada su difamación, que yo no puedo por más que refugiarme, angustiado, en la protección de mi madre la Virgen María. 
El artificio montado para destruirme se servía del acoso vecinal. Encima de nosotros vivía un joven del país del camarón, un agente que el sistema usaba para hostigarnos. Años estuvo echándonos agua (nos destrozó el parqué varias veces, sin que el seguro hiciera nada; incluso cuando hacía cuatro años que ya no vivíamos allí volvió a levantarse la madera...). Este sicario, en cierta ocasión, amenazó vehementemente a mi esposa de muerte, mientras la amedrentaba con golpes contra la puerta; y mi mujer lo denunció. El delito quedaba patente y probado en la denuncia, pero a día de hoy, seis años después, la justicia, que sí registró la entrada del escrito, sigue sin dar una respuesta. 
El paisaje calcinado de Ceferino es trasunto de un paisanaje agostado, inane, desposeído de humanidad. El fuego que cayó sobre Sodoma fue consecuencia de la dureza de los corazones (de donde nacen todos los pecados), por la cual aquel pueblo negaba socorro a los extranjeros y pobres, y castigaba a los que se lo prestaban. Y ahora está pasando aquí lo mismo: nuestra sociedad está corrupta y ciega, y los males se ceban en ella, bajo capa de progreso. 
En contraposición a aquel castigo divino tenemos también en la Biblia la curación de un ciego, Tobit, que era un hombre que en tiempos del destierro arriesgaba su vida en obras de piedad, como enterrar a los muertos, cosa muy castigada entonces. Habiendo 'perdido la vista', Dios se la devuelve, mostrándonos así que la curación siempre es posible. 
Curiosamente, como síntoma de la ceguera que la sociedad actual padece, se está imponiendo entre nosotros la práctica de la incineración, lo cual equivale a una prohibición de hecho de enterrar a los muertos. Se trata de una moda anticristiana -significa, en el fondo, la negación de la resurrección- y va asociada a la destrucción de las pruebas de los muchos crímenes que se cometen y se hacen pasar por muertes naturales. 
Cuesta creerlo, pero el fuego que nos está abrasando es esa ceguera: una inercia de los corazones que, olvidados de que Dios salva, son empujados por la mentira y el miedo al fuego inextinguible, atizado ávidamente por Lucifer. 

*[Este texto se toma sus licencias literarias; lo importante son las ideas que refleja, no tal o cual personaje, ni si existe o existió] 





  

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