MISERRIMA HUMANITAS
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| El Dragón, la Bestia de Siete Cabezas, el falso profeta... y el mundo adorando, por orden suya, a la Bestia IAgada |
Queridos lectores: paz y prosperidad. Si yo fuera Papa escribiría una encíclica sobre la deshumanización actual y la publicaría tal día como hoy, Pentecostés. Pondría el acento en la esperanza que supone para el mundo el sacrificio redentor de Cristo.
Como las anteriores encíclicas sociales, que toman por fundamento la idea del hombre revelada por medio de Jesucristo, la mía también partiría de ese modelo. El modelo de la caridad perfecta, que ha guiado el progreso humano hasta nuestros días, y que corre el riesgo de desaparecer, dejándonos al borde del abismo.
Se acogía Luis XIII al Derecho Natural para apuntalar el derecho a la propiedad privada de todo hombre y moderar la opresión de los trabajadores de finales del XIX. Un siglo después recogía Juan Pablo II ese legado y lo matizaba, adaptándolo a la nueva forma de apropiación indebida emergente: la del conocimiento y la capacidad organizativa. Y yo, treinta y cinco años después, con la misma antropología, saldría en defensa de la dignidad humana conculcada por el monopolio informativo actual.
Esa progresión social hacia la autodestrucción, desencadenada por los desequilibrios que introduce la ciencia emancipada de Dios, se consumará a no tardar si no se pone remedio, a semejanza de lo que ocurre cuando una ralentización del tráfico -por un ramal de salida o un obstáculo- termina por paralizar del todo la marcha. O a semejanza de un organismo afectado por varias patologías, que, no siendo graves ninguna de ellas, en su conjunto determinan la muerte.
Los desequilibrios sociales son manifestaciones de alguna injusticia, los cuales, sin la guía de la ética cristiana, se agudizan, cronifican, y finalmente gangrenan el tejido social.
La progresión de estos males cursa con violencia siempre; y tanto mayor cuanto más permiten las condiciones sociales que se esconda, dándose las mismas hoy en grado sumo por el secuestro impune de la información por parte de un grupo muy reducido de personas. En la actualidad, los flujos comunicativos son monitorizados y gobernados según consignas muy precisas, las cuales proceden en último término de un ente organizador no humano, o, lo que es lo mismo, inhumano.
La IA -o inteligencia autorizada- es la culminación de todos los desajustes de la historia contemporánea, la cumbre desde donde se está a punto de echar a rodar la civilización cristiana. Introducirla en la vida de las personas es entregarlas a un espejismo que acaba en la destrucción de la especie. No es inteligencia puesto que no es un ser humano; es mecanización sublimada, impotencia enmascarada, y enredo abominable. Conduce inexorablemente a la esclavización de la especie, y, por tanto, a su fin. Pretender edificar con ella es cimentar sobre arena. Y, ciertamente, puede aprender, pero en un sentido restrictivo del término, el de que cuanto más la usemos más aumentará su dominio sobre nosotros.
Habría que tratar a la IA como al terrorismo, o, en el plano del discernimiento de espíritus de San Ignacio, como "con quien no se debe entrar en diálogo bajo ningún concepto".
Ni qué decir tiene que su implantación discurrirá paralela a la persecución de la Iglesia -ya lo está haciendo- y que su término será la abominación de la desolación erigida en el Lugar Santo... habrá entonces una gran tribulación cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla. Y si aquellos días no se abreviasen no se salvaría nadie... (Mt 24,23).
Y ya están aquí esos tiempos, ya sufrimos mucho a consecuencia del imperio digital. Suya es la culpa de nuestra mala salud, de nuestro galopante empobrecimiento, de la lacerante incomunicación que padecemos, del flagelo de nuestros gobernantes, de la muerte incomprensible de muchísimos hermanos, de la desesperanza que gana terreno cada día...
La IA, al tener cerrado el camino de la gracia, tiene también cerrado el de la justicia. Porque, vamos a ver, ¿quién es capaz de contar las ondas que produce una piedra que cae al agua? Y lo mismo pasa con cada esfuerzo por la justicia, que nunca se pierde, o con las acciones movidas por la gracia. ¿Quién es capaz de valorar el impacto que los actos -extra-lógicos- de los santos tienen en el progreso perdurable de la humanidad? ¿Se puede seriamente pensar que el sacrificio de dar la vida por otro, como hicieron el Padre Kolbe o Edith Stein, puede no ser de enorme importancia para la sociedad?
Pero la gracia, la vida en comunión con lo trascendente infinitamente bueno, entra automáticamente en conflicto con la IA, que tiene vocación totalitaria y tiende por su propia naturaleza a destruir todo principio espiritual. Por esta razón, el único camino viable para la IA es el autoengaño de los occidentales; un camino, por cierto, muy bien trillado a lo largo de las décadas en que hemos vivido del trabajo esclavo de millones de hermanos desposeídos de todo; el autoengaño operó en nosotros haciéndonos capaces de adormecer nuestras conciencias ante esa dura realidad. Esto fue así, aunque lejos de mí el juzgar a nadie, pues sólo Dios tiene esa capacidad; y también lejos de nosotros el sentimiento de culpabilidad, que es destructivo. Pero debe quedar claro que fue en ese estado -ahora avanzado- de alienación donde el maligno sembró la mala hierba de la IA, que ya está madura y asfixiando al buen trigo.
Tristemente, es un papa de habla hispana el que, bajo pretexto de combatirla, viene a legitimar ante el mundo esa lacra desde esta santa tierra de María. Y lo hará, obedeciendo órdenes, en dos pasos: uno, mediante un pack especial de lanzamiento, presentado hoy lunes a los medios disfrazado de encíclica. Y, dos, viniendo él en persona, como bálsamo para cerrar la herida.
Siguiendo el meticuloso plan de la Agenda (experta en aplastar conciencias), los medios han comenzado a verter al ágora patrio ingentes cantidades de detritus, a fin de estragar la previsible discusión que el documento provocará; y en el momento de escribir este artículo ya escupían las pantallas la vomitiva inocencia de la mujer de Sánchez, y otro tanto del expresidente Zapatero; y ya nos machacaban las meninges con la matraca interminable de chismes del Real Madrid, el mundial, el Jodarconelrolángarrós... y qué se yo qué más deshechos, todo ello con el fin de alborotar el gallinero y tapar las voces de alarma de quienes vivimos según el Evangelio.
Como a lo tonto, estamos, sin duda, ante una coyuntura dramática para la humanidad: su mortífero e irreversible proyecto de futuro pasando el examen de la máxima autoridad espiritual del planeta, y en torno a este trascendente acto, el más abyecto desorden, orquestado y espoleado desde los medios por los enemigos de Cristo y de los hombres.
Un panorama pensado para diez días, al cabo de los cuales el pandemonium mediático bajará el telón, como el que se despierta de una pesadilla, y en lugar de ruido surgirá el sereno espectáculo de una campiña virginal revestida de nieves y brumas, en la que se mostrará al Beatísimo Padre como un sol mañanero, deshaciendo en jirones y disipando las nubes que, hasta su venida, nos impedían ver la verdad y la belleza del don irrevocable de la creación recibido de Dios. Y así envueltos en la visión beatífica, la bendición Urbi et Orbi desde la Plaza de La Cibeles sellaría el fin de todo pesimismo, en la iglesia y en el mundo entero. 'Ubi solitudinem faciunt...', si Dios no lo remedia.
Estas cuatro ideas que acabo de esbozar son, en su desnuda crudeza, comprensibles, coherentes e incendiarias... pero ¡ojalá estuviera ya ardiendo este fuego que Jesucristo vino a encender!
Ojalá, más no parece que eso vaya a suceder pronto. En el documento papal de hoy no he visto expuesto de ningún modo el significado que estos conceptos, relacionados entre sí, transmiten; antes bien, lo que de ellos vi aparece envuelto en mucha hojarasca. Y esto también es prueba de la verdad que tememos sobre la visita de León XIII a nuestro país: Que en realidad no viene a su casa, sino a la de la Prensa; y que se podría decir que su viaje no es apostólico sino apostático, sin que de esta afirmación se derive un juicio moral sobre nuestro líder; a quien Dios sin duda protege. En todo caso, sí que parecen claros los planes que la Agenda, máxima instancia de poder mundial, piensa llevar a cabo por medio de este viaje pontificio: aplastar la oposición católica a su proyecto de no-humanidad, o sea, a su proyecto inhumano.
Lo adelanté en su día y lo traje ayer de nuevo a estas páginas: los mentirosos empiezan siempre sus discursos con una gran mentira, aquella de la cual pretenden sacar pingües beneficios. Y en este caso -siendo por demás muy dudoso que la redacción de esta encíclica sea de Su Santidad- quienes hayan puesto el título al documento papal dejan entrever claramente lo que codician. Y Magnifica Humanitas es en realidad un magnífico trampantojo de la Miserrima Humanitas que ellos pretenden.
A Dios nos acogemos, pues, rezando con las mismas oraciones con que ha rezado su pueblo durante siglos. Y abriendo el Libro de los Salmos por el principio ya nos brota del corazón la plegaría:
¡Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos... sino que se complace en la ley de Yahveh y su ley medita día y noche! Es como un árbol plantado al borde de la acequia...
Y cuando pasamos al segundo salmo se confirman nuestros temores y se conjuran:
¿Por qué se amotinan las naciones, y los pueblos planean un fracaso? Se yerguen los reyes de la tierra, los caudillos conspiran aliados contra Yahveh y contra su Ungido: "¡Rompamos sus coyundas, sacudámonos su yugo!"
Más el que se sienta en los cielos se sonríe, Yahveh se burla de ellos. Luego en su cólera les habla, en su furor los aterra: "Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión, mi monte santo."
Hermanos, pidámosle a Dios que aumente nuestra fe; y con ello tendremos garantizado el futuro.
¡Ven, Espíritu Santo, y renueva la faz de la Tierra.!


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